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viernes, 8 de noviembre de 2013

¡CASTIGADO! Esta semana ni entrenas, ni hay partido, así aprenderás…

Os paso un artículo que me ha llamado muchísimo la atención, muy muy bueno.

FUENTE: http://www.lasoledaddelentrenador.com/


Todos conocemos esta frase pero, ¿sirve de algo? Sabemos la gran lista de beneficios físicos que tiene el deporte:

- fortalece los músculos y huesos.
- previene la obesidad.
- previene el riesgo de enfermedades tales como la diabetes.
- puede corregir posibles defectos físicos.
- ayuda a coordinar movimientos.
- estimula la higiene y la salud.
- duermen mejor…

Pero, ¿y cómo herramienta educativa y psicológica? El cerebro de un niño/a deportista es más activo, la atención y la concentración toman protagonismo, escuchan, asimilan, actúan según directrices de sus entrenadores y a la vez se centran en movimientos sin perder de vista a sus compañeros. Es su día a día en el entrenamiento.

Su práctica fomenta el ser perseverante, tolerar el error propio y el de los compañeros y aprender de ellos como parte del proceso de aprendizaje. Los niños se sienten de este modo protagonistas activos de su aprendizaje repercutiendo de una manera valiosísima en su autoconfianza, auto concepto y autoestima, compañeros de viaje a lo largo de todas sus vidas.

Cada día que privas a tu hijo/a de la práctica deportiva impides su desarrollo físico, mental y de su larga lista de beneficios. Desde pequeños la clave es establecer los límites con firmeza y alternativas educativas ingeniosas para que el castigo sea la excepción y no la regla. En muchos casos, el castigo extingue la conducta de manera puntual, pero la raíz del problema no se soluciona y muchos niños/as siguen “haciéndola” cuando pueden o cuando creen que no les ven.

El castigo de moda: “Te dejo sin…” Está demostrando que no es efectivo y de allí conocidas expresiones: “le da igual que le deje sin…” Porque para que sea castigo educativo tiene que suponerle un esfuerzo, algo que le ayuda a auto controlarse.
Si le castigas sin ir a entrenar no sólo no hace el esfuerzo que tenía que hacer para desplazarse, sino que además deja de hacer lo que estaba haciendo, no cumple con el compromiso que tiene con sus compañeros etc… Es decir, estás fomentando la no responsabilidad.

Reflexión:

Pautas claras y dialogo en el momento adecuado para transmitir las normas es la clave para un nuevo comienzo.

Aprenden a socializarse con nuevos compañeros, a ganar y compartir triunfos, a perder y saber tolerar la frustración, a experimentar emociones, a controlar la impulsividad en unos casos y vencer la timidez en otros, a reducir la ansiedad; a respetar las normas, al entrenador, a los jugadores rivales y a los árbitros. Aprenden a aumentar su confianza (porque de cada uno depende el resto del equipo), se crean lazos de ayuda entre ellos, se fomenta la colaboración, se promueve una mejor gestión del tiempo al tener que estudiar o hacer deberes, les enseña a fijar metas, les desarrolla habilidades como el pensamiento estratégico, la capacidad de liderar, se les desarrolla pertenencia a un grupo con intereses y objetivos comunes, se les enseña a ser responsables y a cumplir con lo que uno se compromete y se comienza a desarrollar el hábito deportivo.
Entonces, desde mi punto de vista como padre, como entrenador y como coach deportivo, ¿qué ganas castigando a tu hijo sin entrenar o jugar? ¿Tendrá más tiempo para estudiar?

Posiblemente sí, pero ¿usará ese tiempo para ello? Los expertos dicen que hay un límite, que cada 45 minutos se debe dar un descanso, ¿entrenando a media tarde en lo que les gusta y les motiva? Si tu hijo está muy comprometido con el grupo, con su deporte, con darlo todo entrenando…

¿Qué mensaje le estamos dando si le quitamos, por ejemplo, el partido? ¿se ha esforzado? ¿ha cumplido con su compromiso? ¿Crees que debería obtener su premio y apoyarlo el sábado en la competición? El día es sobradamente largo para que dé tiempo a todo, sólo hace falta un plan de acción para que organicen su tiempo, para que aprendan a hacerlo. Dejemos que desarrollen su talento, que experimenten para encontrarlo. No digo que vivan del deporte y menos del nuestro, aunque quién sabes s¡ algunos se ganarán la vida con esto el día de mañana…ya sea jugando, entrenando, arbitrando etc. Lo que sí creo es que esta forma de aprendizaje les puede aportar otras muchas cosas en su vida. Nuestra educación está hecha para sacar personas en serie con un pensamiento y habilidades comunes. Empecemos a dejar volar el talento de las personas para que luchen por sus sueños.

¿Os preguntáis que notas sacaban Rafa Nadal, Miguel Induráin, Michael Phelps, etc…? ¿Y si sus padres hubieran coartado su talento por un par de suspensos de mates? Lo que la sociedad se hubiera perdido…

Pensar que cuando castigáis a vuestro hijo, castigáis a todo el grupo: al entrenador y a los padres que no lo hacen. Porque todos somos una gran familia con la que nos comprometemos al inicio de la temporada y si un miembro de ella falla, todos lo sufrimos.

jueves, 17 de enero de 2013

Carta de un Hijo a su Padre

Querido papá, seguro que esta carta tiene algunas faltas, porque sigo confundiendo la ese con la ce y de los acentos nunca me acuerdo, pero sé cómo se escribe fútbol, así que me vas a entender.
Quiero que sepas...
que me gusta que me acompañes todos los domingos a los partidos y que me lleves a los entrenamientos, que sepas que te siento cerca por todas esas cosas que haces por mí. Quiero que sepas que te quiero mucho. Pero también quiero que sepas que hay cosas que no hago, porque no sé hacerlas, no porque no quiera, porque soy un niño, papá. Por eso me equivoco, porque soy un niño.

¿Sabes papá? No te enojes, pero… No me gusta que me grites desde la grada del campo. Me da vergüenza que me digas lo que tengo que hacer delante de mis compañeros. No me gusta que mi entrenador escuche tus gritos, él ya me dijo lo que tengo que hacer en el partido.

Tampoco me gusta que le grites al árbitro, él no me hizo nada… y si me hubiera hecho algo, no lo insultes en mi nombre, porque yo no lo insultaría.
Quiero que todos mis compañeros jueguen, incluso los que saben menos que yo.
No me gusta que te enfades cuando me sacan para que entre otro. Los que entran son mis amigos.
Esto es un juego papá, quiero divertirme.

¿De verdad tú sabías hacer todo lo que me pides que yo haga?
¿De verdad tú le pegabas con las dos piernas?
¿De verdad eras tan buen jugador como me cuentas?
Yo sé que nunca me mentiste, así que quiero que recuerdes esas mañanas de
domingo, cuando eras niño y trates de ponerte en mi lugar.
Yo sé que me amas como a nadie, pero a veces tanto cariño lastima, papá.
Yo no quise fallar el gol. Yo quise marcarlo, pero no supe.

¿Te acuerdas quien es Ignacio? Mi amigo que hace natación.
Me contó que los padres no le gritan cuando nadan porque él no puede escuchar abajo del agua. Y me contó también que lo que dice el árbitro no se discute, que nadie le dice a un árbitro que le está robando, y me contó que aplauden mucho al que llega el último, y que nadie se puede mover del agua hasta que no llega el último nadador.
Y Joaquin –que juega a Rugby- me contó que cuando terminan el segundo tiempo
empieza el tercer tiempo y se juntan los dos equipos, cantan y festejan. Dice que en el primer y segundo tiempo se preparan para ser jugadores de rugby y en el “tercer tiempo” para ser “hombres de rugby” y Fede que juega al baloncesto dice que… No, yo no quiero cambiar de deporte, quiero jugar al fútbol, porque el fútbol es el mejor deporte que existe, papá.

Pero quiero tener el derecho de no ser campeón, el derecho de no tener que salvar a mi familia con un pase con el exterior, el derecho a que no me llamen mariquita si no devuelvo una patada, el derecho a no ser una futura estrella de televisión, el derecho a que no le digan al compañero mujercita porque llora en el partido. Todavía somos niños, papá.

Quiero que recuerdes que nunca me preguntaste que deporte quería practicar… es más ni si quiera me preguntaste si quería practicar algún deporte.
Me regalaste una pelota y una camiseta cuando apenas sabía caminar y diste por entendido que me gustaba el fútbol… está bien, no te preocupes, claro que me gusta el fútbol, no fallaste papá, es el mejor deporte de todos.

Pero quiero que sepas que hay mañanas que no tengo ganas de levantarme, que a veces estoy cansado, que no me han enseñado a hacer todo lo que saben hacer los grandes, no han tenido tiempo de enseñármelo. Quiero que sepas que no soy un hombre chiquito, soy un niño jugando a un juego de niños.

Y sobre todas las cosas… quiero seguir jugando al fútbol y que estés siempre a mi lado para llevarme a los campos, hasta el día en que empiece a llevarte yo. Porque a pesar de todo lo que te conté en la carta, el fútbol y tú, sois dos de las mejores cosas que me han pasado.

jueves, 7 de junio de 2012

Papas... queremos jugar con estas 10 reglas

Ya escribimos anteriormente que hay distintos tipos de padres, pero todos creo que deberían reunir las 10 reglas fundamentales en fútbol base.

No olvidemos que lo haga bien o mal, su objetivo es divertirse, pasarselo bien con sus amigos y disfrutar del JUEGO.

El apoyo de los padres es muy importante.




viernes, 1 de junio de 2012

Distintos tipos de padres en fútbol

Me ha parecido un artículo muy interesante, os lo recomiento leer:
 
 
LOS PADRES
 
Juan Díaz. Padre y Entrenador
Comienzo este artículo con una pregunta: ¿Somos los padres conscientes de que nuestros hijos nos ven como una referencia?


Todos nuestros comportamientos, gestos, palabras o acciones tienen repercusión en nuestros hijos. Nos observan y tratan de imitarnos en la medida de lo posible. Un hijo intentará siempre hacer feliz a sus padres, que se sientan orgullosos de él. Así que nuestra responsabilidad es inmensa. Somos observados a diario, por tanto, nuestra labor educativa no cesa nunca. Cualquier momento o situación es un excepcional escenario formativo.
 
En los años que llevo en el fútbol base, concretamente en Fútbol 7, he podido observar que existen diferentes tipos de padres. Me he permitido clasificarlos en base al comportamiento que tienen dentro de un campo de fútbol.

PADRES – ENTRENADORES: sin duda, ocupan el primer lugar en mi clasificación. Los campos de fútbol están llenos de esta “especie”. Son padres que asisten a los entrenamientos, no faltan a ningún partido. Le dicen al entrenador dónde tiene que jugar su hijo, cómo tiene que jugar el equipo. Están convencidos de que su hijo es el mejor y ven al niño jugando, en un futuro, en un equipo de primera división. Para ellos, no existe nada más que su hijo. El equipo existe porque está su hijo dentro de él. En los partidos “montan” el espectáculo. Antes de comenzar ya ejercen de entrenador: “vamos a ganar” “tú, no chupes tanto” “tenéis que echarle h..”. Durante el partido, no paran de gritar, corregir, situar a los jugadores, increpar a todos (jugadores, rivales y, por supuesto, árbitro), insultar, desafiar, muestran agresividad. A veces, están tan metidos en el partido, que corren la banda. Es frecuente verlos con una cerveza en la mano y su hábitat natural está en la grada pero pegado al terreno de juego donde se le identifica fácilmente. Si el equipo pierde es porque el entrenador no tiene ni idea y los jugadores no tienen el nivel de su hijo. Si se gana el partido se muestra muy satisfecho porque su hijo ha sido pieza esencial y él ha influido, con su dirección del juego a base de gritos, en el resultado. Se marchan convencidos de que su hijo es el mejor. El problema surge cuando en un equipo hay dos o más jugadores que son los mejores (en relación de los padres entrenadores que existen en el equipo: x padres entrenadores = x futuros Messis en el equipo). Si esto ocurre, la guerra está montada. Hace seis años entrenaba a un equipo prebenjamín (6 y 7 años) con el que quedamos campeones de liga. El día de la fiesta por la consecución del título, dos padres entrenadores se pelearon a puñetazos. Los niños no sabían por qué se peleaban, yo tampoco (sigo sin saberlo). Pero es que ellos tampoco sabían por qué se estaban pegando. El daño que estos padres les hacen a sus hijos es inmenso. Lo peor es que ellos no son conscientes y van a más en su actitud negativa.
 
Estos padres, a veces, se les ven acompañados de otro “ejemplar” que he denominado:

PADRES – SEGUNDOS ENTRENADORES. Tienen la misma misión que el anterior pero en un segundo plano. Sólo se acerca al primero para hacer comentarios puntuales. También increpa e insulta pero desde la barra del bar. Tanto al primero como al segundo, les importa muy poco la formación de sus hijos. Lo único que les interesa es que su “diamante en bruto” esté rodeado de los mejores, en un equipo ganador.

PADRES GRATIFICADORES. Así denomino a los que gratifican, económicamente, a sus hijos por cada gol marcado (lo siento por los defensas y por los porteros). Dan dinero por goles marcados. He visto dar 10 euros por cada gol marcado y estamos hablando de partidos de fútbol 7 en los que un mismo jugador puede marcar un gran número de goles. Los niños, evidentemente, se vuelven egoístas dentro del terreno de juego, increpan al compañero si no le pasan el balón, no tienen concepto de equipo y no se integran en un grupo.

PADRES REPRESENTANTES. Esta “especie” está en auge. A estos padres les da igual que sus hijos jueguen en el equipo del barrio, o no. Buscan el mejor equipo aunque tengan que desplazarse varios kilómetros. Su hijo tiene que estar con los mejores. Si no es así, ya se encargará él de traer jugadores para que su hijo esté en un equipo ganador. Si su hijo queda desplazado porque hay jugadores mejores, busca un equipo donde pueda tener protagonismo. Hace lo posible para que su hijo sea conocido, incluso envía videos a los medios de comunicación locales.

PADRES DESFASADOS. Son los desfasados, los que recuerdan su infancia y creen que el mundo no evoluciona. Se les reconoce por frases como: “En mis tiempos….” “Cuando yo jugaba…”. Les da igual que su hijo, en un entrenamiento, esté 45 minutos haciendo carrera continua porque él entrenaba así. Son partidarios de gritar a los niños de forma desmesurada porque así lo entrenaban a él. No valoran las condiciones tan favorables en las que entrenan sus hijos, se limitan a decir “lo nuestro tenía más mérito”. Son padres que se han quedado atrás en la evolución del fútbol.

PADRES PASOTAS. No se interesan por el niño. Les da igual la formación del niño, el entrenador, el club en el que están. No preguntan si han ganado o perdido. Se limitan a llevar al niño al entrenamiento y recogerlo cuando termina. Rara vez, se les ve presenciando un partido. Para ellos, es una obligación que su hijo entrene en un equipo.

MADRES. En todos los sectores de la sociedad se ha producido, afortunadamente, la incorporación de la mujer. El fútbol base no podía quedarse atrás en este avance social. Así, cada vez más madres acuden a entrenamientos y partidos de sus hijos. Sin ánimo de generalizar, su comportamiento es parecido al padre entrenador pero sin saber qué es un fuera de juego, un libre indirecto o un interior derecho.

VERDADEROS PADRES – VERDADERAS MADRES. Se interesan, a principio de temporada, por la formación que va a tener su hijo. Tratan de conocer al entrenador, la formación que tiene y el trato que le da al niño. Nunca interfiere en las decisiones, planteamientos, entrenamientos, ni partidos. Siempre mantienen una actitud discreta de apoyo, animan a su hijo y al grupo de forma elegante y digna de elogio, no crean presión innecesaria, dan motivación y seguridad. Animan y apoyan al equipo sin protestas, insultos o desaprobaciones a los integrantes del equipo, del rival o al colegiado. Siempre ofrecen su vehículo para el desplazamiento. Felicita a todos los jugadores del equipo y los anima si salen tristes porque han perdido. En definitiva, disfrutan del deporte a través de sus hijos.

Para finalizar, quiero transmitir un mensaje:

“Tenemos que ser conscientes de que somos una referencia para nuestros hijos”.

miércoles, 25 de enero de 2012

Mi padre es un hooligan

Angel Andrés Jiménez Bonillo, licenciado en Filología Hispánica y profesor en el Colegio Maravillas de Benalmádena (Málaga), las ha pasado canutas. Tiene 33 años, arbitra partidos de fútbol base y todos los fines de semana se preparaba a conciencia para recibir un chaparrón de quejas desabridas, insultos feroces y broncas. Incluso le han partido la cara. «Hace unos años, un energúmeno saltó de la grada y me agredió; me dejó noqueado en el suelo», recuerda. Estaba pitando un partido de juveniles. Los médicos le tuvieron que atender ahí mismo, tendido sobre el césped. «Lo gordo es que los chavales se habían portado divinamente», apostilla.
 
Pese a todo ese currículum, Ángel Andrés prefiere evocar otra anécdota, menos truculenta pero quizá más reveladora. Un día le tocó arbirar un partido de cadetes. Acabó 3-2. Fue un encuentro bonito, disputado y emocionante, pero en absoluto violento. Al pitar el final, se acercó a saludarle un futbolista del equipo derrotado. «Enfilábamos ya el camino de los vestuarios cuando el chico vio cómo su gente, los aficionados de su propio club, me estaban diciendo auténticas barbaridades. Entonces, el chaval me señaló y les gritó:
 
'Un poco de respeto para este hombre'». Jiménez Bonillo agradeció el gesto, pero aquello le pareció «el mundo al revés»: un muchacho de 15 años daba lecciones de educación a un montón de adultos. «Pero eso es raro -lamenta-; lo normal es que a esa edad los chicos no tengan tanta personalidad y se dejen llevar por la actitud del público, que además suelen ser sus padres, parientes y amigos».
Las aventuras de Ángel Andrés no son especialmente extrañas. Cualquier árbitro español de categorías menores maneja una abultada hoja de agravios. El último fin de semana, en Galicia, el colegiado José Miguel Sayar Celestino tuvo que suspender el partido de fútbol siete Tomiño-Rápido de Bouzas porque una madre invadió el campo para increparle. Los jugadores apenas tenían 10 años. Otro ejemplo reciente: el pasado sábado, un futbolista del Arratia sufrió un ataque de ansiedad en el campo del SP Lutxana (Vizcaya), durante un partido de infantiles, mientras varios padres se enfrentaban y se cruzaban gruesos insultos. El muchacho, de 12 años, tuvo que ser trasladado al hospital. Finalmente, todo quedó en un susto; pero tantos incidentes merecen una profunda y urgente reflexión.
 
La Federación de Fútbol de Murcia emprendió hace dos años una investigación para medir la violencia verbal en categorías infantiles. Durante toda una temporada, diez informadores fueron acudiendo, por sorteo y sin previo aviso, a todos los campos. Veían el partido, anotaban lo que se decía y quién lo decía. «Hay insultos para todos los gustos», ratifica Bartolomé Molino, presidente del Comité Antiviolencia de la Federación. «Uno de los que se suelta con mayor facilidad es 'dale fuerte'. Parece tener menos carga peyorativa que otros, pero su mensaje es realmente terrible. Animan a sus propios hijos a cometer actos violentos». Porque en esta película de terror sí que hay culpables. Los padres. «Causan el 80% de los problemas -zanja Molino-. Y, según nuestros datos, las madres son incluso más viscerales, quizá porque entienden como una agresión contra su hijo cualquier lance normal del juego».
Mientras las madres se desgañitan, algunos padres se ven súbitamente abducidos por el espíritu de Mourinho: dan órdenes, corrigen posiciones, claman contra el árbitro y, quizá sin pretenderlo, cargan a sus hijos con fardos imposibles de llevar... Salva Royo, presidente del Valvanera de Logroño, lo vivió hace unos años, en el torneo de fútbol base que organiza su club: «Había un padre que siempre se colocaba detrás de la portería que ocupaba su hijo. No paraba de darle instrucciones. Le presionaba y le presionaba hasta que el chaval no aguantó más y rompió a llorar. El árbitro tuvo que parar el partido».
La presión paterna se palpa en el campo de fútbol, pero también se vive en otros deportes. Pepu Hernández, exseleccionador nacional de baloncesto y actual técnico del Joventut, narra dolorosos casos reales: «No son la generalidad, pero existen y un solo individuo puede contaminar la convivencia de todo el grupo. Hay padres que llevan las estadísticas de los entrenamientos e incluso llegué a saber de uno que le daba la paga a su hija según los puntos que metía en el partido».
Como cualquiera puede suponer, semejante conducta se graba a fuego en el chaval: «Los niños están en pleno proceso de formación del autoconcepto, de su autoconfianza, de la capacidad para tomar decisiones y resolverlas», explica Fernando Gimeno, profesor de Psicología del Deporte en la Universidad de Zaragoza. «Y los chicos buscan el reconocimiento de sus padres. En estas circunstancias, el mensaje de 'yo quiero que seas el mejor y no puedes fallar' resulta mucho más negativo que el de 'esfuérzate, haz lo que puedas y disfruta'. Cuando un padre se obsesiona por que su hijo brille (y no solo en el deporte), eso suele acabar mal».
 
Gimeno ha dirigido varios programas de prevención de la violencia en el deporte base y recomienda huir de los estereotipos: «Conozco a muchas personas que son educadísimas y que, sin embargo, cuando ven a su hijo jugando al fútbol pierden la cabeza. Insultan, chillan... No se reconocen. Ésa es la complejidad del deporte escolar: personas que no son antisociales caen en conductas antisociales». El árbitro Jiménez Bonillo también pide huir de las generalizaciones fáciles: «Hay muchos tipos de padres. La mayoría se conforma con ver disfrutar a sus hijos. Pero también he visto tarados que se pasan el partido subiendo y bajando de la grada, gritando, metiendo presión al entrenador, al árbitro... y a su propio hijo».
Esta actitud opresiva, aunque ambientada en el baloncesto juvenil, protagoniza el cortometraje 'Seis contra seis', dirigido por Marco Fettolini y Miguel Aguirre. La película circula por la red y cuenta con la colaboración de algunos rostros célebres del deporte español: Pepu Hernández, Iturriaga, los hermanos Llorente...
«Ni crack ni bluf»
 
«Lo hice encantado -asegura Pepu-. El mensaje del corto me parecía oportuno: los chavales, ante todo, quieren pasárselo bien. No todos llegan a la élite y ellos lo saben, pero siempre les ha de quedar la amistad, el grupo, la convivencia...». Algunos psicólogos incluso recomiendan eliminar todo rastro de competitividad de las canchas, al menos en edad escolar. Para el exseleccionador nacional, sin embargo, este remedio resulta demasiado burdo: «No me gusta llegar al extremo de apagar los marcadores para que los chicos no sepan si van ganando o perdiendo. Desde que coge un balón, el crío tiene una competitividad natural. Se trata de saber encauzarla. Enseñarle a perder y enseñarle a ganar».
 
Y en esa batalla cotidiana también bregan los medios de comunicación, demasiado acostumbrados a las hipérboles deportivas: «Se utilizan con demasiada facilidad las palabras crack y bluf. Un chaval es un crack porque hace un partido bueno y a las dos semanas es un bluf porque ha hecho un partido malo. Hay que tener más tranqulidad. Las prisas son fatales, sobre todo en el periodo formativo», aconseja Pepu.
 
La pelota está en el tejado de los padres y de los entrenadores. Si creen que están criando a un Ronaldinho, quizá les convenga escuchar a Fernando Torres, hoy jugador del Chelsea: «Con mi padre no hablaba de fútbol. Nunca se metió con el árbitro ni con el rival. Y tampoco me cogía para decirme cuándo debía disparar. Jamás me metió presión». No parece mala receta: su hijo ha acabado siendo campeón del mundo.